lunes, 31 de julio de 2017

EL ACECHADOR NOCTURNO

Solo aquellos que poseen la facultad de comunicarse con el mundo de lo oculto, solo aquellos que leen, estudian y creen en los fenómenos paranormales, saben quién es el espectro que aguarda a que llegue la noche para acechar a sus víctimas, colarse en sus casas y destriparlas como bestias en el matadero. Los entendidos le llaman el Acechador Nocturno. 

María despertó sobresaltada. Encendió la luz de la lamparilla que había sobre la mesita de noche y miró la hora que marcaba el despertador: la una de la madrugada. Acababa de tener una pesadilla, otra más. Ya hacía dos noches que siempre soñaba lo mismo: un hombre trataba de entrar en su piso, forzando la cerradura; justo cuando se disponía a cruzar el umbral, entreabriendo la puerta, ella lo impedía gritando como una histérica, presa de un terror absoluto. Siempre se despertaba sudando copiosamente, sintiendo su corazón latir con fuerza bajo su pecho adolorido.
María se levantó de la cama. Tenía sed. Caminó descalza hacia la cocina. De pronto, escuchó un golpe seco en la puerta de entrada de su piso. Se quedó quieta, los pies desnudos sobre el suelo impoluto de parquet flotante, las manos temblorosas, unas gotitas de sudor resbalando por su frente. «Imaginaciones mías, nadie ha golpeado la puerta», se dijo a sí misma. Pero, sigilosa, dio unos pasos hacia la entrada. Se quedó inmóvil frente a la puerta blindada alojada en un marco reforzado por una pletina de hierro, con una cerradura de alta seguridad embutida en el canto. Acercó su ojo derecho a la mirilla de latón y al instante lanzó un grito ahogado. En el rellano había un hombre de aspecto amenazador, cabello largo enmarañado, ojos inyectados en sangre y rostro muy moreno plagado de cicatrices; vestía unos harapos a modo de camisa y unos pantalones roídos manchados de mugre. El hombre empujó la puerta, la golpeó. María dio un alarido y se echó para atrás. Instintivamente, puso la mano sobre la cerradura, cerrada con dos vueltas y la llave puesta. Miró por la mirilla de nuevo. El hombre había pegado su espantosa cara en la puerta, vociferando un montón de palabras inconexas. De repente, el individuo se alejó un poco. Mostrando una media sonrisa, empezó a hacer gestos grotescos. María respiró a fondo cuando lo vio desaparecer escaleras abajo. Corrió al baño, se mojó la cara con agua fría y optó por sentarse en el sofá y entregarse un buen rato a la lectura. Dos horas antes del amanecer, el libro le resbaló de las manos y su cabeza cayó hacia atrás, sobre el respaldo del confortable y mullido sillón de piel sintética. Se quedó profundamente dormida ajena a la presencia, al otro lado de la puerta de entrada, del hombre que tanto la había asustado.
La luz entraba a raudales por las ventanas del comedor. María tardó unos segundos en darse cuenta de que estaba tumbada en el sofá. Se frotó los ojos legañosos, incorporándose lentamente. Recordó que había quedado con Eva, su mejor amiga, para ir a la playa. Desde su vigésimo primer cumpleaños, el veinticinco de julio, que no se habían visto y ya la encontraba a faltar; tenía ganas de pasar un día con ella, siempre la hacía sonreír. María se levantó del sofá y caminó hacia el baño. Se quitó el camisón, corrió la mampara de la ducha a un lado y abrió los grifos. Entró en el reducido espacio y dejó que el agua corriera un buen rato sobre su cabeza y su piel caliente antes de empezar a enjabonarse. Fue entonces cuando le pareció escuchar un golpe. Cerró los grifos. Estaba segura de que había escuchado un ruido. Otra vez. Alguien golpeaba la puerta de entrada. Sintió como su corazón se desbocaba. ¿Y si era el hombre de la pasada noche que intentaba entrar, aprovechando que estaba duchándose? Un miedo atroz la invadió. Un golpe más. No podía permitir que entrara. María salió de la ducha, envolvió su esbelta figura con un albornoz y caminó hacia la puerta. Tardó unos segundos en mirar por la mirilla: no quería volver a ver aquella cara espantosa. Al final se armó de valor y miró. No era el extraño individuo quien golpeaba su puerta: era su amiga Eva. Abrió de inmediato.
—Chica, sí que tardas en abrir —dijo Eva algo enfadada. Alta y delgada, de largos cabellos rubios y piel tostada por el sol, llevaba puesto un corto vestido playero de tirantes de color granate que realzaba su estilizado cuerpo de modelo.
—Me has pillado en la ducha, lo siento.
—Ya veo. ¿Has desayunado?
—No.
—Pues si te apetece comemos algo en el bar y luego nos vamos a la playa. Tengo el coche aparcado enfrente.
—Estupendo.
—Oye, haces mala cara —dijo Eva, sentándose en el sofá.
—Casi no he dormido.
—¿Otra de tus pesadillas?
—No. Esta vez no ha sido una pesadilla: ha sido real. Un tío quería entrar en casa. Se ha pasado un buen rato aporreando la puerta.
—¡Qué me dices!
—En serio, me he puesto muy nerviosa.
—¿Has llamado a la policía?
—¿Para qué? No hubiera servido de nada.
—Debe ser un chalado o un pervertido, ya se cansará. Vamos, vístete, que estoy deseando llegar a la playa para darme un buen chapuzón.
—Dame un minuto.
—Date prisa.
A María no le hacía mucha gracia marcharse a la playa. Aquél hombre podía entrar en su casa aprovechando su ausencia. Trató de no pensar en ello y pasar un buen día. Sin embargo, en la playa, tumbada sobre su toalla, medio dormida, no pudo evitar pensar en el extraño individuo, en aquella expresión de bestia salvaje que mostraba su rostro marcado por las cicatrices. Luego, a la hora de comer, compartiendo con Eva una paella y una botella de vino blanco, olvidó el incidente. Después convenció a su amiga para ir de compras. A las siete y media de la tarde se despidieron, quedando en volver a verse al cabo de un par de días para cenar juntas y salir a bailar por las discotecas del puerto marítimo.
María llegó a su rellano con una sonrisa dibujada en sus labios. Hacía tiempo que no lo pasaba tan bien. ¡Había reído tanto con las ocurrencias de su amiga, sus aventuras, sus ligues pasajeros! «Somos tan diferentes y sin embargo hay algo que nos mantiene unidas, algo mágico», pensó. Abrió la puerta y entró en su piso cerrando con llave. Se dio una ducha rápida y, vestida con una camiseta de tirantes y unos pantalones cortos de deporte de algodón, se sentó frente al televisor con un bol lleno de lechuga, tomate, trozos de pollo y parmesano.
Agotada, se fue a dormir pronto. Pasada la medianoche, se removió inquieta en la cama. Encendió la luz de la mesita de noche y se levantó para abrir dos palmos más la persiana. «¡Qué calor!» Se dirigió al baño para mojarse la cara con agua fría. En el pasillo le pareció escuchar algo. Intentó agudizar sus sentidos y entonces oyó, con toda claridad, una respiración entrecortada frente a ella. No podía ver nada, pero estaba segura de que, a unos metros de donde se encontraba, había alguien. María quiso gritar, pero de su boca no salió sonido alguno. Quieta, inmóvil, pensó qué podía hacer. Alargó su mano izquierda, buscando el interruptor del baño. Palpó la pared. «¿Dónde está el puto interruptor?» La luz del baño se encendió. Y María lanzó un grito desgarrador. La puerta del piso estaba abierta de par en par. Un pánico atroz la invadió. Sus manos sudadas y sus piernas temblaban. Se ahogaba, le faltaba aire. Pensó que se iba a desmayar de un momento a otro. «Tengo que ser fuerte, debo cerrar la maldita puerta», se ordenó. Dio dos pasos titubeantes. El hombre podía estar en el umbral, aguardándola. María esbozó un quejido. Dos pasos más. Ya casi llegaba. Cuando se disponía a cerrar la puerta vio una sombra. El hombre estaba allí, a un metro escaso. El individuo pulsó el interruptor de la luz del rellano. María gritó. El hombre la miró de arriba abajo y abrió la boca, mostrando unos dientes podridos y una lengua larga y lasciva; babeaba un líquido amarillento, muy denso. María gritó y trató de cerrar la puerta, empujándola, pero el hombre impidió que la cerrara.
—Por favor, por favor, váyase —suplicó.
Siguió empujando con todas sus fuerzas, pero el hombre parecía más fuerte. María pegó su espalda contra la puerta y, con los pies apoyados en la pared, consiguió cerrarla dando un sonoro portazo. El hombre golpeó la madera brutalmente, una y otra vez, arrancando astillas. «Si no se hubieran marchado todos de vacaciones ya hubiera salido un vecino a ayudarme», pensó. Estaba sola, haciendo frente a un degenerado que sin lugar a dudas pretendía violarla y quizás asesinarla. Descansó brevemente tan pronto advirtió que el hombre no podía volver a entrar. Miró por la mirilla. El tipo tenía sangre en los nudillos. Mostraba una expresión iracunda, estaba totalmente fuera de sí; lanzaba patadas a la pared, al ascensor, a la barandilla de hierro forjado de la escalera. Antes de marcharse se pasó el dedo índice por el cuello, de oreja a oreja. María entendió su significado y dejó de mirar. Cayó de rodillas al suelo, rompiendo a llorar.


María y Eva contemplaban absortas desde el balcón el espectáculo que ofrecían los rayos que surcaban el cielo oscuro de la ciudad. Pronto empezaría a llover. A María le encantaban las tormentas de verano porque refrescaban el ambiente.
—Esta noche no sudaremos: dormiremos de un tirón —dijo Eva—. Se está haciendo tarde, tengo que marcharme.
—¿Quieres quedarte a dormir? —preguntó María.
—Estás asustada, lo veo en tus ojos. No entiendo por qué no has llamado a la policía.
—La policía no actúa si no ocurre una desgracia, ya lo sabes.
—Pero la cosa va en serio, María. Ese hombre puede volver. Todavía no sabes cómo consiguió entrar.
—Quizás no cerré la puerta con llave, no lo recuerdo bien.
—Vamos, tú siempre te aseguras de que esté bien cerrada.
—Tienes razón.
Eva abrazó a María y la besó dulcemente en las mejillas.
—Tranquila, me quedaré a dormir contigo. Hoy y todas las noches que hagan falta.
—Gracias.
—Y si ese tío viene, le daré una buena patada en los cojones. —Ambas rieron con ganas la ocurrencia.
María no conseguía dormir. Se incorporó un poco y encendió la lamparilla. A su lado, Eva dormía de costado, con las sábanas apartadas a un lado. La miró y pensó que el camisón que le había dejado, negro y corto, muy sexy, le quedaba de fábula. Las dos tenían la misma talla. A veces, la gente creía que eran hermanas, de tan parecidas que eran. Eso las divertía. Alguna vez, cuando intentaban ligar con los chicos, decían que eran gemelas. María esbozó una sonrisa recordando esos momentos y se atrevió a besar a su amiga en el cuello, notando su fina piel muy caliente. Divertida, se tumbó a su lado, frente a frente. Pese a la tela del camisón podía sentir los pechos de su amiga rozando los suyos; turbada, hizo intención de apartarse, pero algo en su interior se lo impidió. Estaba tan cerca de Eva que podía unir su respiración a la suya; lo hizo, las dos respiraban al unísono. Una oleada de calor invadió a María y la impulsó a posar sus labios en los de su amiga, unos labios carnosos y abultados. El contacto le resultó enormemente placentero; enfebrecida por momentos, recorrió suavemente con su lengua los labios de su amiga. En esos instantes hubiera deseado que ella despertara para entregarse a un beso apasionado. Pero la magia se rompió abruptamente: María oyó un tremendo golpe en el pasillo, como si alguien acabara de tirar un objeto contundente al suelo. Se levantó de la cama de un salto y encendió la luz de la sala de estar. Miró hacia el pasillo, en penumbra. Había algo en el suelo; parecía uno de los gatos de arcilla que tenía sobre el mueble de la televisión. Se acercó lentamente: estaba roto en mil pedazos. «¿Cómo ha ido a parar aquí?», se preguntó, aunque la segunda pregunta que se formuló aún le pareció más inquietante: «¿quién lo ha roto?» Instintivamente miró hacia la puerta de entrada. Le parecía que estaba cerrada. Encendió la luz del pasillo. Respiró aliviada; sí, estaba bien cerrada. Pero tenía que asegurarse. Caminó hacia allí. La llave estaba puesta en la cerradura, las dos vueltas dadas. Todo correcto. Miró por la mirilla. Y entonces le vio. Él estaba allí, al otro lado, aguardándola. María gritó y se tiró hacia atrás, no calculó bien las distancias y se golpeó violentamente la cabeza contra la pared, cayendo sin sentido al suelo.
María tardó en recuperarse. Aturdida, abrió poco a poco los ojos. Vio con espanto que la puerta de entrada estaba totalmente abierta. ¡El hombre había conseguido entrar en su piso!
—¡Eva! ¡EVA! —gritó, fuera de sí. Corrió hacia su habitación.
La luz estaba encendida. Eva estaba tumbada sobre la cama, rodeada de un charco de sangre. Su tripa estaba rajada. María vomitó y se desplomó al lado del cuerpo inerte de su amiga.


El doctor Carrión no perdía detalle de lo que sucedía en la celda número tres. A su lado, la doctora Fuentes se mostraba expectante; de vez en cuando hacía algunas anotaciones en un libro de tapas gruesas.
—Ahora mira hacia la puerta —dijo el doctor Carrión.
—Observa su expresión: está muerta de miedo —habló la doctora Fuentes, acercándose al amplio cristal que les permitía ver lo que ocurría en el interior de la celda sin ser vistos.
—Ella piensa que alguien está abriendo la puerta, alguien que quiere hacerle daño.
María retrocedió. Acababa de orinarse encima. Se tumbó sobre el catre del habitáculo y empezó a golpear el colchón de látex, una y otra vez, con una fuerza sobrehumana.
—Sufre un trastorno obsesivo compulsivo, no hay ninguna duda —indicó la doctora Fuentes.
—Acudió a la clínica hará una semana; no creí que fuera un caso grave. Le receté clomipramina. Ahora la estamos tratando con psicofármacos de segunda generación inhibidores selectivos de la recaptación de serotonina y con fármacos específicos como la mirtazapina, que es eficaz para tratar tanto el TOC como la depresión que suele ir asociada. De momento la evolución de su trastorno no es favorable.
—¿Se culpa de la muerte de su amiga?
—En absoluto. Dice que fue un hombre que llevaba días intentando entrar en su piso.
—He leído los informes de la policía y el forense. No hubo allanamiento de morada; nadie forzó la puerta. Por su parte, el forense afirma que el cuchillo de cocina utilizado para asesinar a Eva solo tenía las huellas dactilares de María. Se hicieron las pertinentes pruebas de ADN, encontrando cabellos y saliva de María diseminados por todo el cadáver de Eva.
—Pasará el resto de su vida en esta celda. Intentaremos que deje de sufrir. —El doctor Carrión torció el gesto y se derrumbó sobre la silla de oficina. La doctora Fuentes salió del despacho en silencio.


María se acercó a la puerta abierta. El hombre estaba en el umbral, a punto de entrar. No tenía fuerzas para ofrecerle resistencia, ya no. Después de la muerte de Eva había perdido las ganas de seguir viviendo. Todo le daba igual. El hombre entró. María le dio la espalda y caminó con paso firme por el pasillo, rumbo a su habitación. Se tumbó en la cama, boca arriba, respirando acompasadamente. El hombre entró en la habitación, levantando el cuchillo de cocina que llevaba en la mano derecha. «Pronto acabará todo», se dijo a sí misma, cerrando los ojos. La gruesa hoja de acero inoxidable se introdujo en su estómago y la rajó de arriba abajo.
Cuando el doctor Carrión y la doctora Fuentes entraron en la celda, vieron a María destripada. Sus manos asían con firmeza sus propios intestinos.
—Dios mío, doctor, ¿cómo es posible que…? —La doctora salió apresuradamente de la celda para vomitar.

El doctor Carrión, pálido, examinó el cadáver. No, semejante barbaridad no se la podía haber infligido ella misma. ¿Entonces? «Ha sido el acechador nocturno», se dijo, torciendo el gesto.

Jaume Ballester. 2017.

No hay comentarios:

Publicar un comentario