domingo, 17 de septiembre de 2017

EL KRAKEN DE PUERTO VIEJO

Bartolo Mejías terminó de cenar y, como tenía costumbre desde que su mujer le echó de casa, salió del hostal dispuesto a beberse la noche. Cogió el metro y bajó en la parada del barrio de Puerto Viejo. Los callejones solitarios, estrechos y sucios apestaban a salitre y brea, pero también a colonia barata que se ponían las putas, al sudor agrio de los hombres de la mar y al vómito de los marineros borrachos.
Bartolo entró en el bar de su amigo Pablo Bustos, una antigua bodega sucia y decrépita. Se sentó en un taburete, se encendió un cigarrillo y pidió una copa de anís. Con el rabillo del ojo miró a un hombre de unos ochenta años que hablaba solo.
—Él anda cerca… Es un monstruo sediento de sangre —mascullaba el anciano entre dientes.
—¡Hostias con el viejo! —gruñó Bartolo—. ¿De qué demonios habla?
—No lo sé. Lleva un buen rato así. Espanta a los clientes —dijo Pablo desde detrás de la barra.
—¿Qué clientes? —preguntó Bartolo, socarrón.
—Es verdad. —Pablo frunció el ceño—. La gente ya no viene a Puerto Viejo: están pasando cosas raras.
—¿A qué te refieres? —inquirió Bartolo, extrañado.
—¿Acaso no lees los periódicos ni ves la tele? Desde hace una semana aparecen cadáveres desmembrados flotando en las aguas del puerto. La policía portuaria está desbordada. Los muertos son gente del barrio; ayer le tocó el turno a Carla.
—¿Carla? ¿La cincuentona que se prostituía junto a la aduana?
—La misma. Su cadáver no tenía piernas; algo se las arrancó de cuajo. —Pablo tragó saliva. Sus ojos mostraban un terror sobrecogedor—. Te digo yo que esto no es obra de un psicópata, yo creo que…, una bestia anda suelta.
—¡Es el kraken! —gritó de improviso el anciano borracho.
—¡Qué kraken ni qué leches! —soltó Bartolo—. Ese pulpo gigante no existe, es una leyenda que cuentan los marineros beodos como tú.
—He sido ballenero, joven, y sé lo que me digo. El kraken vivía en lo más profundo del océano, aunque de vez en cuando se dejaba ver provocando el espanto de los marineros. Yo mismo lo vi una vez, más allá de las Azores, y desde entonces no pego ojo. —El anciano dio un respingo—. Ahora, debido a las perforaciones que ordenan las grandes empresas energéticas en su afán de buscar bolsas submarinas de gas o de petróleo, el abominable monstruo se ha visto obligado a abandonar su morada. Más furioso que nunca, viene dispuesto a vengarse de nosotros. ¡Nos devorará!
—Pablo, mírame a los ojos y dime que no te crees a este viejo.
—No sé qué decirte, Bartolo, la verdad, ya no sé qué pensar. —Pablo bajó la cabeza—. Estoy perdiendo dinero; si esto sigue así, cierro.
—No me jodas…
—Como lo oyes.
—¡El kraken está aquí! —gritó el anciano—. ¡Huelo a pulpo en remojo!
—Oye, echa de una vez a este tío. Me está poniendo de los nervios.
—Ahora mismo. —Pablo, enérgico, se dispuso a hacer lo que le pedía Bartolo.
—¡No! Si salgo el kraken me comerá. —El anciano empezó a temblar—. Ponme una cazalla, Pablito, por favor.
—Ya te has bebido medio bar. ¡Lárgate!
—Pablito de mi alma y de mi corazón, te lo pido por tu madre que en paz descanse… Sírveme un anisado. —De improviso, el anciano hizo una mueca de sorpresa y vergüenza: el miedo acababa de relajar sus esfínteres—. Uy, Pablito, que me he ido patas abajo…
—¡Se ha cagado encima! ¡Qué peste! —exclamó Bartolo, asqueado.
—¡Se me ha acabado la paciencia! ¡A la puta calle! —Pablo cogió al viejo del brazo y lo empujó fuera del bar.
—¡Vais a morir! ¡Os espera una muerte terrible! ¡El kraken caerá sobre vosotros como caerá sobre mí! —vociferó el anciano. Se fue con la cabeza gacha, como un condenado a muerte camino del cadalso.
Segundos más tarde, Pablo y Bartolo escucharon un alarido seguido de un crujir de huesos. Se miraron el uno al otro. Los dos sudaban como pollos a la parrilla.
—¿Has oído eso? —preguntó Bartolo. El pitillo, a punto de consumirse, le temblaba en los labios.
—Sí —musitó Pablo.
—Echaré un vistazo.
—¡Ni se te ocurra! Voy a bajar la persiana. Quédate a dormir, tengo una habitación de sobra.
—Estás de coña.
—¡Si sales morirás! —exclamó Pablo, pálido como un muerto.
—¿Por qué no llamamos a la policía?
—Son unos inútiles, no moverán ni un dedo. Déjame cerrar.
Bartolo asintió y se bebió la copa de anís de un trago.
Pablo colocó sus manos sobre la persiana y cogió fuerzas para bajarla de un tirón. En ese instante, unos tentáculos gruesos y viscosos reptaron por sus piernas y se enroscaron a su cintura.
—¡Ayúdame!
Bartolo, plantado como un pasmarote junto a la barra, miraba con espanto los apéndices de un color rosa subido.
—¡Por lo que más quieras, haz algo! —bramó Pablo.
Bartolo reaccionó, cogió un cuchillo y propinó un tajo a uno de los tentáculos. Un líquido oscuro que hedía a gaviota corrompida le salpicó en pleno rostro.
—¡Mierda! —exclamó, ahogando una arcada.
—¡Dale otra vez!
Bartolo levantó el cuchillo, pero antes de que pudiera dar un nuevo tajo, su amigo desapareció de su vista. Al final del callejón, una farola emitía una luz amarilla y enfermiza. Bartolo vio como los tentáculos arrastraban a Pablo hacia el muelle.
—Dios mío, oh, Dios mío —sollozó.
Tras unos segundos de duda, corrió en busca del teléfono. Marcó el número de la policía y esperó impaciente a que alguien le respondiera. El tono sonó una y otra vez, una y otra vez, sin que nadie, al otro lado de la línea, descolgara el auricular.
—¡Joder! —berreó, dándose por vencido.
De repente se dio cuenta de que la persiana seguía abierta. Una fantasmal y densa neblina que olía a agua corrompida se colaba en el local. Con el corazón a punto de estallar, se acercó a la persiana y la fue bajando poco a poco; cuando la tenía a la altura de sus rodillas, un tentáculo pasó por debajo y se enroscó a su tobillo.
—¡No! ¡Por favor, no! —chilló.
Aquella cosa le empujaba hacia fuera. Incapaz de mantener el equilibrio, cayó de bruces. Sus dedos arañaron el pavimento hasta que las uñas saltaron. Luego su cabeza golpeó contra la persiana y momentáneamente perdió el sentido. Cuando volvió en sí, se vio al borde del muelle norte. Tenía un boquete en el estómago: por ahí le entraba un tentáculo que se abría paso en su interior. Un chorro de sangre  manó torrencial sobre los tablones podridos del embarcadero.

La luna, que asistía como agradecida espectadora a tan dantesca escena, iluminaba a un pulpo gigantesco: el kraken, una aberración obra de un Dios loco o de un demonio jocoso.

Jaume Ballester. 2017.

lunes, 31 de julio de 2017

EL ACECHADOR NOCTURNO

Solo aquellos que poseen la facultad de comunicarse con el mundo de lo oculto, solo aquellos que leen, estudian y creen en los fenómenos paranormales, saben quién es el espectro que aguarda a que llegue la noche para acechar a sus víctimas, colarse en sus casas y destriparlas como bestias en el matadero. Los entendidos le llaman el Acechador Nocturno. 

María despertó sobresaltada. Encendió la luz de la lamparilla que había sobre la mesita de noche y miró la hora que marcaba el despertador: la una de la madrugada. Acababa de tener una pesadilla, otra más. Ya hacía dos noches que siempre soñaba lo mismo: un hombre trataba de entrar en su piso, forzando la cerradura; justo cuando se disponía a cruzar el umbral, entreabriendo la puerta, ella lo impedía gritando como una histérica, presa de un terror absoluto. Siempre se despertaba sudando copiosamente, sintiendo su corazón latir con fuerza bajo su pecho adolorido.
María se levantó de la cama. Tenía sed. Caminó descalza hacia la cocina. De pronto, escuchó un golpe seco en la puerta de entrada de su piso. Se quedó quieta, los pies desnudos sobre el suelo impoluto de parquet flotante, las manos temblorosas, unas gotitas de sudor resbalando por su frente. «Imaginaciones mías, nadie ha golpeado la puerta», se dijo a sí misma. Pero, sigilosa, dio unos pasos hacia la entrada. Se quedó inmóvil frente a la puerta blindada alojada en un marco reforzado por una pletina de hierro, con una cerradura de alta seguridad embutida en el canto. Acercó su ojo derecho a la mirilla de latón y al instante lanzó un grito ahogado. En el rellano había un hombre de aspecto amenazador, cabello largo enmarañado, ojos inyectados en sangre y rostro muy moreno plagado de cicatrices; vestía unos harapos a modo de camisa y unos pantalones roídos manchados de mugre. El hombre empujó la puerta, la golpeó. María dio un alarido y se echó para atrás. Instintivamente, puso la mano sobre la cerradura, cerrada con dos vueltas y la llave puesta. Miró por la mirilla de nuevo. El hombre había pegado su espantosa cara en la puerta, vociferando un montón de palabras inconexas. De repente, el individuo se alejó un poco. Mostrando una media sonrisa, empezó a hacer gestos grotescos. María respiró a fondo cuando lo vio desaparecer escaleras abajo. Corrió al baño, se mojó la cara con agua fría y optó por sentarse en el sofá y entregarse un buen rato a la lectura. Dos horas antes del amanecer, el libro le resbaló de las manos y su cabeza cayó hacia atrás, sobre el respaldo del confortable y mullido sillón de piel sintética. Se quedó profundamente dormida ajena a la presencia, al otro lado de la puerta de entrada, del hombre que tanto la había asustado.
La luz entraba a raudales por las ventanas del comedor. María tardó unos segundos en darse cuenta de que estaba tumbada en el sofá. Se frotó los ojos legañosos, incorporándose lentamente. Recordó que había quedado con Eva, su mejor amiga, para ir a la playa. Desde su vigésimo primer cumpleaños, el veinticinco de julio, que no se habían visto y ya la encontraba a faltar; tenía ganas de pasar un día con ella, siempre la hacía sonreír. María se levantó del sofá y caminó hacia el baño. Se quitó el camisón, corrió la mampara de la ducha a un lado y abrió los grifos. Entró en el reducido espacio y dejó que el agua corriera un buen rato sobre su cabeza y su piel caliente antes de empezar a enjabonarse. Fue entonces cuando le pareció escuchar un golpe. Cerró los grifos. Estaba segura de que había escuchado un ruido. Otra vez. Alguien golpeaba la puerta de entrada. Sintió como su corazón se desbocaba. ¿Y si era el hombre de la pasada noche que intentaba entrar, aprovechando que estaba duchándose? Un miedo atroz la invadió. Un golpe más. No podía permitir que entrara. María salió de la ducha, envolvió su esbelta figura con un albornoz y caminó hacia la puerta. Tardó unos segundos en mirar por la mirilla: no quería volver a ver aquella cara espantosa. Al final se armó de valor y miró. No era el extraño individuo quien golpeaba su puerta: era su amiga Eva. Abrió de inmediato.
—Chica, sí que tardas en abrir —dijo Eva algo enfadada. Alta y delgada, de largos cabellos rubios y piel tostada por el sol, llevaba puesto un corto vestido playero de tirantes de color granate que realzaba su estilizado cuerpo de modelo.
—Me has pillado en la ducha, lo siento.
—Ya veo. ¿Has desayunado?
—No.
—Pues si te apetece comemos algo en el bar y luego nos vamos a la playa. Tengo el coche aparcado enfrente.
—Estupendo.
—Oye, haces mala cara —dijo Eva, sentándose en el sofá.
—Casi no he dormido.
—¿Otra de tus pesadillas?
—No. Esta vez no ha sido una pesadilla: ha sido real. Un tío quería entrar en casa. Se ha pasado un buen rato aporreando la puerta.
—¡Qué me dices!
—En serio, me he puesto muy nerviosa.
—¿Has llamado a la policía?
—¿Para qué? No hubiera servido de nada.
—Debe ser un chalado o un pervertido, ya se cansará. Vamos, vístete, que estoy deseando llegar a la playa para darme un buen chapuzón.
—Dame un minuto.
—Date prisa.
A María no le hacía mucha gracia marcharse a la playa. Aquél hombre podía entrar en su casa aprovechando su ausencia. Trató de no pensar en ello y pasar un buen día. Sin embargo, en la playa, tumbada sobre su toalla, medio dormida, no pudo evitar pensar en el extraño individuo, en aquella expresión de bestia salvaje que mostraba su rostro marcado por las cicatrices. Luego, a la hora de comer, compartiendo con Eva una paella y una botella de vino blanco, olvidó el incidente. Después convenció a su amiga para ir de compras. A las siete y media de la tarde se despidieron, quedando en volver a verse al cabo de un par de días para cenar juntas y salir a bailar por las discotecas del puerto marítimo.
María llegó a su rellano con una sonrisa dibujada en sus labios. Hacía tiempo que no lo pasaba tan bien. ¡Había reído tanto con las ocurrencias de su amiga, sus aventuras, sus ligues pasajeros! «Somos tan diferentes y sin embargo hay algo que nos mantiene unidas, algo mágico», pensó. Abrió la puerta y entró en su piso cerrando con llave. Se dio una ducha rápida y, vestida con una camiseta de tirantes y unos pantalones cortos de deporte de algodón, se sentó frente al televisor con un bol lleno de lechuga, tomate, trozos de pollo y parmesano.
Agotada, se fue a dormir pronto. Pasada la medianoche, se removió inquieta en la cama. Encendió la luz de la mesita de noche y se levantó para abrir dos palmos más la persiana. «¡Qué calor!» Se dirigió al baño para mojarse la cara con agua fría. En el pasillo le pareció escuchar algo. Intentó agudizar sus sentidos y entonces oyó, con toda claridad, una respiración entrecortada frente a ella. No podía ver nada, pero estaba segura de que, a unos metros de donde se encontraba, había alguien. María quiso gritar, pero de su boca no salió sonido alguno. Quieta, inmóvil, pensó qué podía hacer. Alargó su mano izquierda, buscando el interruptor del baño. Palpó la pared. «¿Dónde está el puto interruptor?» La luz del baño se encendió. Y María lanzó un grito desgarrador. La puerta del piso estaba abierta de par en par. Un pánico atroz la invadió. Sus manos sudadas y sus piernas temblaban. Se ahogaba, le faltaba aire. Pensó que se iba a desmayar de un momento a otro. «Tengo que ser fuerte, debo cerrar la maldita puerta», se ordenó. Dio dos pasos titubeantes. El hombre podía estar en el umbral, aguardándola. María esbozó un quejido. Dos pasos más. Ya casi llegaba. Cuando se disponía a cerrar la puerta vio una sombra. El hombre estaba allí, a un metro escaso. El individuo pulsó el interruptor de la luz del rellano. María gritó. El hombre la miró de arriba abajo y abrió la boca, mostrando unos dientes podridos y una lengua larga y lasciva; babeaba un líquido amarillento, muy denso. María gritó y trató de cerrar la puerta, empujándola, pero el hombre impidió que la cerrara.
—Por favor, por favor, váyase —suplicó.
Siguió empujando con todas sus fuerzas, pero el hombre parecía más fuerte. María pegó su espalda contra la puerta y, con los pies apoyados en la pared, consiguió cerrarla dando un sonoro portazo. El hombre golpeó la madera brutalmente, una y otra vez, arrancando astillas. «Si no se hubieran marchado todos de vacaciones ya hubiera salido un vecino a ayudarme», pensó. Estaba sola, haciendo frente a un degenerado que sin lugar a dudas pretendía violarla y quizás asesinarla. Descansó brevemente tan pronto advirtió que el hombre no podía volver a entrar. Miró por la mirilla. El tipo tenía sangre en los nudillos. Mostraba una expresión iracunda, estaba totalmente fuera de sí; lanzaba patadas a la pared, al ascensor, a la barandilla de hierro forjado de la escalera. Antes de marcharse se pasó el dedo índice por el cuello, de oreja a oreja. María entendió su significado y dejó de mirar. Cayó de rodillas al suelo, rompiendo a llorar.


María y Eva contemplaban absortas desde el balcón el espectáculo que ofrecían los rayos que surcaban el cielo oscuro de la ciudad. Pronto empezaría a llover. A María le encantaban las tormentas de verano porque refrescaban el ambiente.
—Esta noche no sudaremos: dormiremos de un tirón —dijo Eva—. Se está haciendo tarde, tengo que marcharme.
—¿Quieres quedarte a dormir? —preguntó María.
—Estás asustada, lo veo en tus ojos. No entiendo por qué no has llamado a la policía.
—La policía no actúa si no ocurre una desgracia, ya lo sabes.
—Pero la cosa va en serio, María. Ese hombre puede volver. Todavía no sabes cómo consiguió entrar.
—Quizás no cerré la puerta con llave, no lo recuerdo bien.
—Vamos, tú siempre te aseguras de que esté bien cerrada.
—Tienes razón.
Eva abrazó a María y la besó dulcemente en las mejillas.
—Tranquila, me quedaré a dormir contigo. Hoy y todas las noches que hagan falta.
—Gracias.
—Y si ese tío viene, le daré una buena patada en los cojones. —Ambas rieron con ganas la ocurrencia.
María no conseguía dormir. Se incorporó un poco y encendió la lamparilla. A su lado, Eva dormía de costado, con las sábanas apartadas a un lado. La miró y pensó que el camisón que le había dejado, negro y corto, muy sexy, le quedaba de fábula. Las dos tenían la misma talla. A veces, la gente creía que eran hermanas, de tan parecidas que eran. Eso las divertía. Alguna vez, cuando intentaban ligar con los chicos, decían que eran gemelas. María esbozó una sonrisa recordando esos momentos y se atrevió a besar a su amiga en el cuello, notando su fina piel muy caliente. Divertida, se tumbó a su lado, frente a frente. Pese a la tela del camisón podía sentir los pechos de su amiga rozando los suyos; turbada, hizo intención de apartarse, pero algo en su interior se lo impidió. Estaba tan cerca de Eva que podía unir su respiración a la suya; lo hizo, las dos respiraban al unísono. Una oleada de calor invadió a María y la impulsó a posar sus labios en los de su amiga, unos labios carnosos y abultados. El contacto le resultó enormemente placentero; enfebrecida por momentos, recorrió suavemente con su lengua los labios de su amiga. En esos instantes hubiera deseado que ella despertara para entregarse a un beso apasionado. Pero la magia se rompió abruptamente: María oyó un tremendo golpe en el pasillo, como si alguien acabara de tirar un objeto contundente al suelo. Se levantó de la cama de un salto y encendió la luz de la sala de estar. Miró hacia el pasillo, en penumbra. Había algo en el suelo; parecía uno de los gatos de arcilla que tenía sobre el mueble de la televisión. Se acercó lentamente: estaba roto en mil pedazos. «¿Cómo ha ido a parar aquí?», se preguntó, aunque la segunda pregunta que se formuló aún le pareció más inquietante: «¿quién lo ha roto?» Instintivamente miró hacia la puerta de entrada. Le parecía que estaba cerrada. Encendió la luz del pasillo. Respiró aliviada; sí, estaba bien cerrada. Pero tenía que asegurarse. Caminó hacia allí. La llave estaba puesta en la cerradura, las dos vueltas dadas. Todo correcto. Miró por la mirilla. Y entonces le vio. Él estaba allí, al otro lado, aguardándola. María gritó y se tiró hacia atrás, no calculó bien las distancias y se golpeó violentamente la cabeza contra la pared, cayendo sin sentido al suelo.
María tardó en recuperarse. Aturdida, abrió poco a poco los ojos. Vio con espanto que la puerta de entrada estaba totalmente abierta. ¡El hombre había conseguido entrar en su piso!
—¡Eva! ¡EVA! —gritó, fuera de sí. Corrió hacia su habitación.
La luz estaba encendida. Eva estaba tumbada sobre la cama, rodeada de un charco de sangre. Su tripa estaba rajada. María vomitó y se desplomó al lado del cuerpo inerte de su amiga.


El doctor Carrión no perdía detalle de lo que sucedía en la celda número tres. A su lado, la doctora Fuentes se mostraba expectante; de vez en cuando hacía algunas anotaciones en un libro de tapas gruesas.
—Ahora mira hacia la puerta —dijo el doctor Carrión.
—Observa su expresión: está muerta de miedo —habló la doctora Fuentes, acercándose al amplio cristal que les permitía ver lo que ocurría en el interior de la celda sin ser vistos.
—Ella piensa que alguien está abriendo la puerta, alguien que quiere hacerle daño.
María retrocedió. Acababa de orinarse encima. Se tumbó sobre el catre del habitáculo y empezó a golpear el colchón de látex, una y otra vez, con una fuerza sobrehumana.
—Sufre un trastorno obsesivo compulsivo, no hay ninguna duda —indicó la doctora Fuentes.
—Acudió a la clínica hará una semana; no creí que fuera un caso grave. Le receté clomipramina. Ahora la estamos tratando con psicofármacos de segunda generación inhibidores selectivos de la recaptación de serotonina y con fármacos específicos como la mirtazapina, que es eficaz para tratar tanto el TOC como la depresión que suele ir asociada. De momento la evolución de su trastorno no es favorable.
—¿Se culpa de la muerte de su amiga?
—En absoluto. Dice que fue un hombre que llevaba días intentando entrar en su piso.
—He leído los informes de la policía y el forense. No hubo allanamiento de morada; nadie forzó la puerta. Por su parte, el forense afirma que el cuchillo de cocina utilizado para asesinar a Eva solo tenía las huellas dactilares de María. Se hicieron las pertinentes pruebas de ADN, encontrando cabellos y saliva de María diseminados por todo el cadáver de Eva.
—Pasará el resto de su vida en esta celda. Intentaremos que deje de sufrir. —El doctor Carrión torció el gesto y se derrumbó sobre la silla de oficina. La doctora Fuentes salió del despacho en silencio.


María se acercó a la puerta abierta. El hombre estaba en el umbral, a punto de entrar. No tenía fuerzas para ofrecerle resistencia, ya no. Después de la muerte de Eva había perdido las ganas de seguir viviendo. Todo le daba igual. El hombre entró. María le dio la espalda y caminó con paso firme por el pasillo, rumbo a su habitación. Se tumbó en la cama, boca arriba, respirando acompasadamente. El hombre entró en la habitación, levantando el cuchillo de cocina que llevaba en la mano derecha. «Pronto acabará todo», se dijo a sí misma, cerrando los ojos. La gruesa hoja de acero inoxidable se introdujo en su estómago y la rajó de arriba abajo.
Cuando el doctor Carrión y la doctora Fuentes entraron en la celda, vieron a María destripada. Sus manos asían con firmeza sus propios intestinos.
—Dios mío, doctor, ¿cómo es posible que…? —La doctora salió apresuradamente de la celda para vomitar.

El doctor Carrión, pálido, examinó el cadáver. No, semejante barbaridad no se la podía haber infligido ella misma. ¿Entonces? «Ha sido el acechador nocturno», se dijo, torciendo el gesto.

Jaume Ballester. 2017.

miércoles, 28 de junio de 2017

SUMMER IN THE CITY, o un macabro cuento de verano

A las once de la noche, Cristina entra en su piso totalmente empapada, maldiciendo la tormenta de verano que cae con fuerza sobre la ciudad. Para colmo, hay un apagón general. Aún así, pulsa el interruptor. La lámpara que cuelga del techo no se enciende.
—¡Mierda! —exclama en voz alta, irritada.
Se quita los zapatos de tacón en el recibidor y camina descalza hacia el baño. Se desnuda rápidamente. Hace un ovillo con las prendas —una blusa azul marino, una minúscula falda de cuero y el tanga rosa que le regaló su exnovio, un idiota de cuidado cuya conversación no iba más allá del fútbol y los coches deportivos— y las deja dentro del bidet. Luego se dirige hacia la cocina. Abre un cajón y coge una linterna. Necesita acostarse y dar por concluido el maldito día. Odia trabajar en pleno agosto. Odia la ciudad: su tráfico, la contaminación y la horda de turistas que se pasean como zombis en busca de paella y sangría. Y este calor asfixiante. «¿Cómo voy a dormir sin aire acondicionado?», se pregunta, caminando hacia su habitación. El haz de luz de la linterna ilumina una rotunda cucaracha que corretea sobre el parquet.
—¡Qué asco! —grita. La cucaracha se esconde bajo un armario. Cristina está tan cansada que decide dejarla en paz: mañana ya le dará su merecido.
Apaga la linterna y se deja caer sobre la cama. Está sudando, pero no puede abrir la ventana: las malditas cucarachas entrarían a miles. Y el olor, ese repugnante olor a basura que parece salir de las paredes…
Cristina cierra los ojos. Poco a poco se olvida del trabajo, de la canícula y hasta de las cucarachas. Dulces sueños la invaden, sueños protagonizados por campos verdes, ríos de aguas bravas, campos de hierba fresca. Qué placer.
De pronto, oye un ruido extraño. Abre los ojos. Coge la linterna, la enciende y apunta el haz de luz hacia el techo. El yeso se está agrietando. De inmediato, una lluvia de cascotes cae sobre su cabeza.
—Maldita sea. ¿Qué mierda es esta? —vocifera. Huele a podredumbre.
En el techo se forma un enorme agujero por el que desciende lentamente un horrendo esqueleto. Cristina trata de incorporarse, pero no puede, un miedo atroz la paraliza. De repente, el esqueleto se desploma sobre ella; siente como las costillas, astilladas y afiladas como cuchillos, se clavan en su cuello, en su estómago, en su vientre. No le da tiempo a gritar. Se le va la vida en un santiamén.

A la mañana siguiente, un grupo de curiosos, la mayoría turistas, contemplan estupefactos el trajín de bomberos y ambulancias frente al edificio de la calle Cobalto número dos.
Un grupo de periodistas entrevistan a un sargento del cuerpo de los bomberos. El hombre, sudando a mares, toma resuello y escupe las primeras palabras a los micrófonos que sin piedad golpean su barbilla:
—Hay dos muertos: un hombre de setenta años que vivía en el sexto piso, un tipo que tenía el piso repleto de basura y escombros y que según parece llevaba muerto un mes, y la chica que vivía en el quinto. Las vigas no han podido aguantar el peso de la porquería acumulada y han cedido.
Una reportera ve pasar una camilla sobre la que descansa un bulto enorme cubierto por una sábana blanca ensangrentada. Curiosa, y antes de que nadie pueda hacer nada para evitarlo, tira de la sábana.
—Dios mío —susurra, horrorizada ante la visión de un cuerpo esquelético que parece abrazar a una joven de rostro cerúleo; las huesudas manos presionan los firmes pechos de la muchacha.
—No será fácil separarlos —dice el sanitario que empuja la camilla.

La reportera traga saliva y decide dar por concluido su trabajo. Sus pulmones se llenan de un aire viciado, cargado de contaminación. Odia la ciudad en verano. Odia la canícula de cada agosto. Odia a las cucarachas que corretean por todo el centro. Odia al tipo que vive en el tercero, justo encima de ella, un tipo baboso que no cesa de mirarla lascivamente cada vez que se encuentran en el rellano. Un trueno lejano la sobresalta. Por si acaso, hoy mismo se irá de vacaciones.

Jaume Ballester. 2017.

lunes, 1 de mayo de 2017

EL DEMONIO DEL SUEÑO


Cierro los ojos. Cris me abofetea y me hace despertar enseguida. Aturdido, me levanto de la cama y ando por la habitación durante unos minutos, preguntándome si seré capaz de permanecer despierto una noche más.

Hace calor. Me quito la camiseta y me desplomo sobre el roído sofá de piel que hay junto a la ventana tapiada. Cojo con mis manos temblorosas la petaca y bebo un buen trago de whisky. El alcohol me quema la garganta.

—Bebes demasiado —dice Cris, encendiendo otra vela.

Tiene razón. Pero qué otra cosa puedo hacer. La vida es una mierda. Y sin embargo, no quiero morir. Aún no: me aguardan mi mujer y mi hija; tengo la esperanza de reunirme con ellas. Dicen que en el norte el demonio del sueño no ha causado víctimas.

«Es el frío: el demonio del sueño no tolera los climas extremos de las regiones del norte. Suerte tienen tu mujer y tu hija de haberse quedado aisladas en Arcángel». Recuerdo las palabras de Tom como si las hubiera dicho hace un momento. Pero ya hace una semana de su muerte. El desgraciado se quedó dormido y no despertó. Tengo bien presente la expresión de horror que se reflejaba en su rostro cerúleo.

Miro a Cris. A la luz de las velas parece un espectro. Está muy delgada. Lleva puesto un camisón blanco que se le pega al cuerpo como una segunda piel. No queda ni rastro de sus formas femeninas; se le marcan las costillas, cada uno de sus huesos. Camina encorvada, haciendo un gran esfuerzo para mantenerse en pie. No obstante, es más fuerte que yo. Estoy seguro de que me sobrevivirá.

Cris acaricia mis sucios y alborotados cabellos. Juguetea un poco con ellos. Sonríe.

—Debíamos tener doce o trece años. Me enfadé contigo porque solo tenías ojos para María. Y no se me ocurrió otra cosa que rociarte el cabello con matamoscas. Recuerdo que saliste corriendo a lavarte el pelo. Durante un tiempo no me dirigiste la palabra: estabas seguro de que por mi culpa te ibas a quedar calvo. Y ya ves…

—Hace tiempo de eso.

Cris me besa dulcemente en los labios agrietados. Hago la intención de abrazarla, pero ella se aparta bruscamente y enciende una vela que deja junto a las otras, sobre una mesita carcomida por las termitas. Me quedo un buen rato mirando la llama que chisporrotea, como embrujado. Me pesan los párpados. Cierro los ojos.

Algo presiona mi pecho. No puedo respirar, me ahogo. Trato de incorporarme, pero no puedo. Siento que estoy atrapado bajo un peso descomunal. Pienso que quizás se ha desplomado el edificio y que tengo toneladas de cemento y acero sobre mí. Abro los ojos y entonces lo veo: el demonio del sueño está sentado a horcajadas sobre mi pecho y me mira furioso con sus ojos inyectados en sangre. Tiene una cabeza descomunal, coronada por dos cuernos que supuran un líquido amarillento. Su boca abierta, monstruosa, muestra unos dientes afilados y una lengua devorada por úlceras. La piel se le cae a tiras, pues parece que ha sido pasto de las llamas. El demonio se inclina hacia mí. Puedo oler su fétido aliento a azufre. Siento como sus colmillos rozan mi cuello.

—¡Despierta, te has quedado dormido! —vocifera Cris, zarandeándome.

Me levanto del sofá. Me duele el pecho. Respiro a fondo buscando aire fresco, pero solo entra en mis pulmones el aire viciado de la habitación.

—No me he dado cuenta. Yo…, le he visto, he visto al demonio del sueño…

Juro que nunca más volveré a quedarme dormido. Antes prefiero quitarme la vida.

Amanece. Nos vestimos. Abrimos la puerta de la habitación y salimos sigilosamente al pasillo repleto de basura. Todo está en silencio y en penumbra. Una luz débil procedente de un patio interior se cuela por las dos ventanas que hay a nuestra derecha. Caminamos hacia las escaleras que bajan al primer piso, pasando al lado de un cadáver cuya cara no es más que una máscara siniestra; está apoyado contra la pared y tiene los brazos levantados y las manos rígidas a modo de garras.

—No le mires. Sigue adelante —dice Cris.

En el primer piso encontramos más muertos. Todos tienen la misma expresión de horror dibujada en sus rostros. Algunos están hinchados y de vez en cuando se mueven espasmódicamente. Trago saliva y sigo los pasos de Cris con dificultad.

Agradezco el aire fresco de la mañana. En la calle reina un silencio sepulcral. Hay cadáveres diseminados por el asfalto. Los coches, abandonados, parecen un reducto del pasado. Unos contenedores de basura, tumbados y quemados, todavía humean. Las tiendas tienen las lunas rotas, las persianas retorcidas; han sido desvalijadas, pasto de la muchedumbre encolerizada.

—Hay un supermercado a dos manzanas de aquí. —Cris levanta su dedo índice. Parece señalar hacia el infinito.

Los dos sabemos que no encontraremos comida, pero aún así vamos hacia allá. Caminamos tambaleándonos, cada paso nos supone un gran esfuerzo. Quiero sentarme en la acera y cerrar los ojos, aunque solo sea un instante. Pero sé que si lo hago me quedaré dormido enseguida.

De improviso, Cris se desploma. Cae junto a un cadáver mordido por las ratas que yace boca abajo.

—¡Cris! —Trato de levantarla. Lanzo un grito desgarrador y la abofeteo un par de veces—. ¡No te duermas, por lo que más quieras! ¡Abre los ojos!

Pero Cris no reacciona. Y en su rostro, poco a poco, puedo ver escrito el miedo. Se está enfrentando ya al demonio del sueño. Pronto no habrá vuelta atrás. Le doy un puñetazo: minúsculas gotas de sangre brotan de su mejilla izquierda.

Cris no despierta.

La llevo en brazos hasta nuestro refugio. La desvisto, la tumbo sobre la cama y cubro su esquelético cuerpo con una sábana limpia. Lloro amargamente un buen rato, postrado a su lado. No quiero abandonarla, pero la miro y veo impregnado en cada uno de los poros de su piel el horror más absoluto. Recuerdo la aterradora imagen del demonio del sueño y me digo a mí mismo que no me convertiré en la presa de ese monstruo infernal.

Salgo del hotel con la intención de huir de la ciudad, de dejar atrás toda esta pesadilla y poner rumbo hacia el norte. Pero soy consciente de que, sin medio de transporte, no podré ir más allá de los suburbios. Es imposible encontrar un coche intacto, la mayoría están carbonizados; otros tienen las ruedas reventadas. De vez en cuando circula algún automóvil a toda velocidad en cuyo interior van locos borrachos dispuestos a arrasar con todo, a violar, a asesinar. Enfrentarse a esos dementes es una idea descabellada que supone una muerte segura.

Me adentro en un desangelado polígono industrial cercano a la estación de tren de mercancías. Hay un vagón plataforma abandonado en una vía muerta. Subo a él y doy una patada a la palanca del freno. El vagón se mueve ligeramente, pues la vía hace bajada. Sonrío amargamente: no voy a ir muy lejos. Antes de alcanzar la vía principal, el vagón se detiene. Me tumbo sobre la plataforma, boca arriba, y miro hacia el cielo; no hay ni una sola nube. Es un día primaveral y corre una brisa muy agradable. Siempre me han gustado los trenes, incluso de pequeño tenía una maqueta. Pienso que morir sobre un vagón de tren no estaría mal. Ahora sé que jamás podré volver a ver a mi mujer, a mi hija. Arcángel queda demasiado lejos.

Poco a poco me abandono a un sopor que no es más que la antesala de la muerte. Pronto el demonio del sueño se volverá a sentar sobre mi pecho y presionará con fuerza mis costillas hasta hacerlas crujir, hasta hacer que se claven en mis pulmones. Entonces notaré el sabor metálico de la sangre y me ahogaré con ella.

No. No quiero morir así.

Acabo de abrirme las venas con la barandilla oxidada del vagón. La sangre se desparrama por mis muñecas, empapando mi costado. Me invade una sensación de quietud, de descanso. No estoy asustado, no voy a gritar, porque sé que moriré antes de dormirme. No voy a dejar un cadáver marcado por el terror.
 
Jaume Ballester. 2017.

domingo, 8 de enero de 2017

EL PANTANO


Avanzada la noche, una niebla densa invadió las solitarias y lúgubres callejuelas del poblado de Arras. Al mismo tiempo, un nauseabundo hedor a putrefacción penetró en las casas de piedra a través de chimeneas, ventanas mal cerradas y resquicios de muros.

Tadeo dio una calada a su cigarrillo mal liado y entró en una casa que se caía de vieja. Pilar, su esposa, sentada en una butaca de madera frente a la chimenea, le miró con espanto.

—¡No me mires así, mujer! —exclamó Tadeo, desprendiéndose de su tabardo.

Pilar torció el gesto y clavó sus ojos pequeños y negros como el carbón en el fuego vivo. Las llamas dibujaban sombras en las paredes de la chimenea, sombras que no eran más que fantasmas del pasado que regresaban cada noche para martirizarla.

—¡Están aquí! —gritó Pilar, pataleando como una niña traviesa. Emitió un alarido grotesco y se meó encima de puro miedo.

—¡Cállate de una vez! —bramó Tadeo.

Pilar sollozó y le miró como si no lo conociera.

—Hermano mío, mi querido hermano…

—¿Otra vez con ese cuento? ¡Yo no soy tu hermano! —Tadeo se sirvió un vaso de vino agrio y se lo bebió de un trago. Se aclaró la voz y dijo con acritud—: Tu hermano era un maldito comunista, un demonio que renegaba de Dios. Hace un mes que se pudre en el pantano, así que deja de darme la vara.

Pilar balbuceó algo sin sentido y luego se quedó en silencio, inmóvil. Cerró los ojos y dejó caer los brazos a banda y banda de la butaca. Unos violentos espasmos agitaron su cuerpo escuálido y enfermo.

Tadeo se olvidó de su mujer y recorrió el comedor en penumbra. Parecía una bestia rabiosa encerrada en una minúscula cuadra. «Otra vez la niebla. Y esa pestilencia asfixiante. No puedo más, debo hacer algo», masculló para sus adentros. En cuestión de segundos, improvisó una antorcha con un palo largo y un trapo empapado de brea que acercó al fuego del hogar. Se puso el tabardo y salió de la casa sin despedirse. Rodeado por la niebla, avanzó a trompicones por las calles empedradas, húmedas y resbaladizas. Tras cruzar la plaza del ayuntamiento, el hedor le mareó y le obligó a hacer un alto. Sobreponiéndose, escuchó ruido de pasos a su espalda.

—¿Quién va? —preguntó con voz fuerte.

—Soy Matías.

—¿Matías? ¿Qué haces fuera a estas horas? ¿No deberías estar en tu casa, cuidando de tu hijo afectado de polio?

—La niebla ha regresado, Tadeo. Pero la niebla es lo de menos, es este olor lo que me pone enfermo.

—Sí, este asqueroso olor a…

—A muerto, amigos, a muerto —dijo otro hombre aparecido de la nada.

—¿Miguel? —inquirió Tadeo.

—El mismo. Creo que los cadáveres que lanzamos al embalse han vuelto a la superficie, de ahí el hedor a la descomposición.

—¡Pero eso es imposible! Los atamos a piedras. ¡Se hundieron ante nuestros ojos!

—Lo sé, Matías, lo sé.

—¿Y qué propones?

—Darles sepultura como Dios manda. —Miguel mostró el pico y la pala que cargaba—. Pero no puedo hacerlo solo. Necesito vuestra ayuda.

Matías asintió. Tadeo soltó un par de palabras malsonantes.

Los tres enfilaron un camino estrecho y tortuoso que descendía por una vaguada repleta de malas hierbas. Tadeo iba en cabeza, alzando la antorcha como si de un faro se tratara.

El camino moría a orillas del pantano. Matías se mojó los pies con el agua turbia sin apenas darse cuenta y se apartó, consternado, como si hubiera metido los pies en una bañera de estiércol.

—Iremos nosotros dos —dijo Tadeo, firme—. Tú, Matías, empieza a cavar las tumbas.

—Está bien —respondió Matías, aliviado, pues lo último que deseaba era adentrarse en el embalse.

Tadeo y Miguel penetraron lentamente en las aguas extrañamente calientes, humeantes. Miguel recibió una bocanada de aire fétido y vomitó salvajemente hasta la última gota de bilis.

—¿Te encuentras bien? —preguntó Tadeo.

—Sigamos —musitó Miguel.

Tadeo se aupó al interior de una barca vieja, medio hundida, y luego ayudó a su amigo a subir.

—Dios nos manda esta niebla y esta hediondez para castigarnos por lo que hicimos.

—¡Calla, Miguel! A lo hecho, pecho.

Alguna fuerza sobrenatural empezó a arrastrar la frágil embarcación hacia el centro del pantano, allá donde las aguas eran más oscuras y profundas.

—Nos estamos alejando de la orilla, Tadeo.

—Ya lo sé, pero yo no hago nada. La barca se mueve sola.

—¡Saltemos!

—No. Las corrientes son muy fuertes, nos ahogaríamos sin remedio.

De pronto, algo topó violentamente contra la barca. Tadeo acercó la antorcha para ver de qué se trataba.

—¡Por los clavos de Cristo! —exclamó al descubrir una masa enorme, infecta y hedionda, formada por algas y cuerpos descompuestos. Un crujido espantoso le heló la sangre. La barca acababa de partirse en dos. Perdió el equilibrio y la antorcha se precipitó al agua.

—¡Nos hundimos! —gritó Miguel, alarmado.

Pero Tadeo ni se inmutó. No parecía asustado; al contrario, lanzó un sonoro suspiro cuando se vio con el agua al cuello.

—Perdónanos Señor, no somos dignos de ti —dijo, santiguándose y abriendo la boca para irse del mundo lo antes posible.

Miguel trató de nadar, pero la corriente lo arrastró hacia la presa y fue engullido por el colector.

En la orilla, Matías, envuelto por la niebla, se temió lo peor. Gritó bien alto los nombres de sus amigos. Un silencio sepulcral le heló el corazón. Se dejó caer sobre los guijarros y lloró amargamente. ¿Por qué tuvieron que asesinar a sangre fría a sus vecinos, a aquellos que habían simpatizado con la República? ¿Por qué tuvieron que hacer caso a aquél oficial que iba al mando de un batallón de moros? Matías guardaba en su memoria las palabras del hombre alto y desgarbado, tan moreno que parecía un moro más: «No hay lugar para los rojos en el cementerio. Que se pudran en el pantano».

—¡Yo no quería hacerlo, me obligaron! —gritó Matías, vencido. Se incorporó a duras penas, se descalzó y avanzó hacia el pantano. Se sumergió en las aguas y se dejó llevar por la corriente. Se fue hacia el fondo como si cargase un peso insoportable sobre su espalda.

Al cantar el gallo, Pilar despertó angustiada. Se levantó de la butaca y abrió la ventana del comedor. Una brisa fresca que olía a romero agitó sus finos cabellos. Enseguida supo que todo había terminado. Con los labios prietos y la mirada fija en la puerta, maldijo por última vez a su marido y a sus desgraciados amigos.
 
Jaume Ballester. 2017.